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martes, 21 de febrero de 2012

Hospitalaria mente II

Otra de las razones por las que los hospitales están tan sumamente congestionados (aparte del mal uso que les damos, eso huelga decirlo) es la masificación de ancianos que hay. Cuando uno envejece, se empieza a ver aquejado de muy diferentes patologías y dolencias que van aparejadas con la edad y que, si bien no se pueden curar, se intentan paliar para prolongar al máximo la vida del paciente. Esto hace que en muchas ocasiones las camas que deberían estar ocupadas por pacientes por los que se podría hacer algo real (una cura definitiva que no traiga de vuelta al paciente al hospital) lo estén por ancianos que se debaten entre vivir una o dos semanas más, uno o dos meses más.

Seguramente sueno cruel, pero es mi manera de pensar tras haber pasado muchos días y muchas semanas entre las paredes de un centro hospitalario. Ancianos y ancianas que se niegan a comer, que musitan entre dientes "señor, llévame pronto" cada cinco minutos, que no quieren hacer el esfuerzo de levantarse de la cama para mejorar sus cuadros clínicos, que se dejan hacer en muchos casos sólo por el empuje de los familiares que no están dispuestos a dejarlos marchar todavía aunque sea lo que ellos deseen desde hace tiempo y nadie les haya dado la oportunidad de decirlo (en algunos casos, ni ellos mismos se dan esa oportunidad por la educación recibida).

¿Tan descabellado es pensar en la idea de crear hospitales geriátricos, especializados en las patologías y enfermedades típicas de la edad? Centros donde se les pueda atender de acuerdo con su edad, con sus dolencias, con sus hábitos y, sobre todo, con su decadencia física. Por supuesto hay algunos ancianos que son perfectos compañeros de habitación, que derrochan simpatía y vitalidad en mayor medida que muchos jóvenes y que tienen ganas de curarse para seguir viviendo su vida. Pero esto no es lo más habitual. Lo normal es encontrarse ejemplos como los mencionados anteriormente, que sólo bajan la moral porque contagian su desánimo, que no se molestan en hacer fácil una convivencia por definición complicada ya que se desarrolla en 6 metros cuadrados y que se anquilosan y escudan tras sus muchos para hacer valer sus opiniones y gustos al más puro estilo dictatorial.

Es terrible ver que los estragos de la edad nos apartan de lo que fuimos para convertirnos en lo que seguramente todos han detestado en algún momento, pero esa es la realidad del día a día y eso es con lo que habría que lidiar a la hora de hacer política sanitaria, a la hora de pensar en recortes y a la hora de replantear un sistema sanitario que tal y como está dispuesto se agotará muy pronto. Es triste pero cierto que la edad será lo que nos mate una vez que los avances den con las curas o la manera de cronificar todos los males. Y deberíamos estar preparados para que los hospitales sean los lugares donde uno va a sanar, no a morir.

Hospitalaria mente

Últimamente he tenido poca oportunidad para escribir porque hace 8 días que estoy ingresada de nuevo en el hospital. La fiebre subía todos los días un par de veces a más de 39º, los dolores aumentaban y las tiritonas y los escalofríos eran lo más habitual. Así que, después de un fin de semana prácticamente sin poder levantarme de la cama, decidí llamar a mi oncóloga y cargar abnegadamente con lo que me dijera que tenía que hacer, que sería, casi con total seguridad, ir a urgencias.

Poco me equivoqué. Me sacaron sangre en el hospital de día y me hicieron una ecografía preferente, pero después me aparcaron en la sala de agudos a la espera de una cama en planta. Allí, como si aquello fuera un hospital de campaña en plena batalla o un geriátrico repleto de semicadáveres, tuve un pequeño ataque de pánico. Puede que sea poco tolerante pero verme rodeada de ancianos que se lamentaban y respiraban a duras penas con las bocas abiertas y los pómulos hundidos por haberse sacado las dentaduras postizas me aceleró las pulsaciones de tal manera que no podía resistir quedarme "aparcada" en la silla de ruedas en medio de aquel osario. Prefería esperar sentada en un pasillo que rodeada de quejidos que nadie se detenía a escuchar pero que martilleaban en mis oídos como castigos.

La saturación de urgencias no es una excepción, es lo más habitual que te puedes encontrar. Pacientes amontonados en los pasillos, junto al mostrador de enfermería, delante de las puertas de los aseos y, los más afortunados, hacinados en boxes que están pensados para albergar a la mitad de pacientes. Y, mientras tanto, te has de someter al dictámen de médicos, enfermero/as y auxiliares a los que no parece hacerles mucha gracia estar en ese servicio, pero ¿acaso creen que a los enfermos les encanta encontrarse en condiciones infrahumanas que suman a su cuadro de síntomas aún por diagnosticar?

Siempre pienso "no puedo quejarme, a mí no me han tratado del todo mal" pero esta vez no estoy dispuesta a callarme con abnegación simplemente porque las condiciones en las que he sido tratadas han sido aceptables. Me subieron esa misma noche a una planta que, aunque no era la que me correspondía por mi enfermedad oncológica, decían que sí tenía que ver conmigo porque las pruebas que iban a practicarme tenían que ver con el sistema digestivo y los doctores que las ordenaban y realizaban pasaban consulta en esa planta. Aunque pasé poco rato en un box de esos que están llenos muy por encima de su capacidad, tuve la oportunidad de presenciar la escena de una señora que me enfadó solemnemente.

Dicha señora, ya pasada la edad de jubilación en unos cuantos años, se quejaba porque aunque vivía en un barrio cercano al hospital, en su ficha indicaba que ése no era el centro que le correspondía. Lo que ocurría es que la señora, muy pía ella, cuando se encontraba bien (la mayor parte del tiempo) le gustaba pasar el tiempo en su pueblo, motivo por el cual tenía un médico de cabecera y un hospital cercano a ése pueblo en concreto asignados para mayor comodidad. Cuando la señora se notó la respiración costosa decidió que la trataban mejor en el hospital que quedaba cerca de su casa y que además, como seguro que la iban a ingresar, prefería estar allí que quedaba también más a mano para que la visitaran sus hijas. El caso es que la señora no dejaba de quejarse desde el mismo momento en que le dijeron que la iban a trasladar en cuanto estabilizaran su estado porque no podían hospitalizarla en un centro que no era el que le correspondía.

Es curioso cuantísimas energías malgastó aquella mujer (y su hija cuando la dejaron pasar a verla) en explicar que vivía muy cerca pero que estaba empadronada en el pueblo y que su médico de toda la vida estaba aquí mismo. Digo malgastó porque era darse contra un muro, la burocracia en este caso no tiene solución de continuidad pero además me pregunto ¿qué más da? Si uno se encuentra mal como ella explicaba que se encontraba (que no podía respirar, que se ahogaba, que apenas sí podía dar dos pasos) ¿por qué hacer tantos kilómetros y no acudir al hospital más cercano para recibir asistencia? Claro, cuando le preguntaron cuánto tiempo llevaba en la misma situación y contestó que cerca de un mes, me costó reprimir una carcajada; ¿después de un mes su situación es tan crítica como para acudir a urgencias a saturar un servicio lleno de gente irresponsable como ella?

He podido escuchar historias como éstas, algunas ridículas como la de esta señora que no es capaz de hacer un orden de prioridades ni siquiera con su propia salud, algunas dramáticas, otras cómicas, otras lamentables, por la pérdida de la privacidad de hacinar a los pacientes. Y otros habrán escuchado mi historia mil veces porque los pacientes, en estos casos, no es que se conviertan en números, es que se transforman en estorbos que ocupan espacio y recursos. La verdad es que creo que si no queremos perderlo, deberíamos valorar lo que tenemos y pensarnos muy bien antes de acudir a un servicio como el de urgencias. Si no, tendremos lo que nos merecemos y nos convertiremos todos en clientes.

jueves, 9 de febrero de 2012

Diagnóstico por imagen

Esta tarde he ido a mi hospital de referencia (el Hospital Universitario 12 de Octubre en Madrid, donde debo decir que he sido tratada con la mayor diligencia) para hacerme el TAC de rigor de cada mes y medio o dos meses. Ya he dicho en alguno de los post anteriores que esta semana está siendo un poco desagradable: los dolores están siendo bastante intensos y he tenido que recurrir en diversas ocasiones a la morfina de rescate para ser eso, "rescatada" de las garras de un padecer incapacitante. El dolor no sólo me angustia (que también) sino que me deprime profundamente, tira por tierra todos los esfuerzos que hago por sobreponerme y crear una vida normal con mis rutinas y quehaceres diarios a los que me obligo. La depresión es como un monstruo negro, blando y gigantesco del que se puede huir a todo correr hasta perderlo de vista pero que, en cuanto te paras en un recodo del camino bien sea a tomar un respiro, bien sea por una caída de la que hay que levantarse, te atrapa contra su propio cuerpo en lo que parece un abrazo mortal que no permite mirar más allá. Atenazada entre las garras del monstruo de la depresión, una se puede llegar a sentir reconfortada y eso es lo verdaderamente peligroso porque se pierde el ímpetu por luchar, por salir de ahí. Solamente te abandonas a la autocompasión con la que el monstruo te regala los oídos, la pereza total parece un modo óptimo de vida.

Soy consciente de que es un camino de ida y vuelta que recorro muchas veces a la semana, al mes, que no estoy profundamente deprimida como juzgarme con tanta dureza pero sé ver los síntomas cuando aparecen, ya los he sufrido en otras ocasiones. Sé que este subeybaja emocional se debe al dolor físico, al cáncer, a una situación personal poco clara, pero el caso es que saber los motivos no evita que cueste terriblemente levantarse tras cada tropiezo.

Como decía, me han hecho el TAC en el hospital para que dentro de un par de semanas acuda a consulta y me revelen los resultados. Ahí se verá si las cosas siguen estables por ahí dentro o si algo se está removiendo y causando estragos entre las vísceras. Ya tengo experiencia, conozco el proceso. El ayuno durante todo el día, el agua con contraste media hora antes de entrar, la vía venosa con el yodo y los apenas 2 minutos en el donut patrocinado por Siemens que ofrecerá una visión de mis entrañas en cómodas lonchas de un diámetro finísimo. Siempre me asalta un indefinido y leve temor cuando el contraste yodado insufla calor durante unos instantes en mis gónadas y en el cuello. Es normal. Pero se te aparece con claridad ante los ojos el consentimiento informado que firmas antes de entrar. Y el pálpito difuso de ser una de esas excepciones que confirman la regla y motivo por las cuales se crearon dichos consentimientos que eximen de responsabilidad a los facultativos.

¿Se verá en esa prueba de diagnóstico por imagen la pena que a veces me parece casi física y me impide respirar? ¿Será la causa de este dolor agudo de los últimos días la marea negra de la depresión? ¿Aparecerán como una cinta de Moebius, como un nudo infinito, la enfermedad, la pena y el dolor como causas y consecuencias de mí misma?

sábado, 4 de febrero de 2012

Día Mundial contra el Cáncer

Mientras veía las noticias a la hora de comer me he enterado de que hoy es, o ha sido ya a estas alturas del día, el Día Mundial contra el Cáncer. La verdad es que no tenía ni idea, supongo que no estoy muy involucrada con este tipo de acciones solidarias y por ello el hecho de que el 4 de febrero haya sido elegido como jornada para la concienciación internacional contra esta enfermedad me fuera ajeno. Como sucede con la "celebración" de otros días mundiales a favor o contra de determinadas causas, los telediarios traen a colación información de interés para el público con datos tales como que de cada 10 tumores que se diagnostican, 4 se originan por agentes externos que podrían controlarse (tabaco, alcohol, etc). Asimismo, explicaban también que el 80% (qué gran porcentaje, he pensado) de los cánceres pediátricos se curan y permiten al menor vivir hasta una edad adulta, o al menos no morir de ése cáncer en concreto. Datos optimistas para no amargar al respetable durante el fin de semana que se intercalaban con las dosis de realidad aportadas por las voces de los expertos en la materia (jefes de servicio, investigadores) sobre la necesidad imperiosa de conseguir más medios económicos para la investigación de nuevos tratamientos, sistemas de prevención, investigación de causas y demás.

Poco más. Unos tres o cuatro minutos de información banal y pasan a otra noticia sin la menor vacilación. Claro, la realidad diaria manda, hay muchas más cosas que requieren atención inmediata. Cosas que afectan a más gente que los 200.000 nuevos enfermos que reciben un diagnóstico de cáncer cada año. A más gente que los que se quedan en el camino pese a la quimioterapia, la radioterapia o las intervenciones quirúrgicas. Dicho todo esto sin el menor rencor. Estar aquejada de esta dolencia no me cubre los ojos ante problemas mucho más acuciantes, graves y extendidos.

Sin embargo, no puedo evitar reflexionar con cierta acritud sobre el hecho de delimitar un día mundial para conmemorar esta enfermedad para acallar la conciencia general y que la vida diaria de la investigación, las consultas médicas y los tratamientos en diversos hospitales de día vayan por caminos totalmente opuestos. Sería mucho más útil que este Día Mundial contra el Cáncer se utilizara para derribar mitos y falsas leyendas sobre los tumores y el cáncer, creencias que hacen más difícil la concienciación de todos sobre algo que nos puede afectar de cerca en cualquier momento.

Todos nos beneficiaríamos más si nos hablaran de lo que realmente puede suponer el cáncer en tu vida, tanto si consigues superar la enfermedad, como si tienes que aprender a vivir con ella cronificada en tu organismo o si sucumbes a ella. Sacaríamos más partido de una explicación clara de que la alimentación y un estilo de vida saludables pueden evitarnos males mayores en el futuro, que tanto el alcohol como el tabaco son maneras de cavar más profunda nuestra propia fosa (y que, personalmente creo, a quien eligiera esa opción vital no debería dársele tratamiento gratuito, pero de eso hablaremos en otra ocasión) o que hay predisposiciones genéticas ante las que tenemos que estar alerta y visitar al médico con más asiduidad para asegurarnos de que esas puertas están bien cerradas.

En el telediario, un jefe de servicio de oncología del Hospital de La Paz (en Madrid) clamaba por fondos para la prevención y la detección precoz de tumores. Sin embargo, a mi madre en la Seguridad Social le han negado la posibilidad de hacerse una mamografía al año pese a que tiene más de 45 años (edad clasificada como de riesgo ya) y a que en su mama derecha hay una pequeña calcificación que, aunque no era motivo de preocupación, le recomendaron vigilarse. ¿A qué diagnóstico temprano se refieren si niegan las pruebas necesarias y que podrían ahorrar desembolsos mayores si, por ejemplo en el caso de mi madre, la calcificación comenzara a aumentar de tamaño y por no hacerle una inofensiva prueba anual, tuviera que someterse a tratamientos más costosos, dolorosos y sin garantía total de éxito?

Soy consciente de que la situación económica del país y de la Seguridad Social no es boyante, pero estoy segura de no ser la única que ve la conveniencia de hacer una serie de pruebas diagnósticas precoces, en vez de invertir en más salas de tratamiento, camas de hospitalización y compuestos químicos u horas de quirófano. Cierto es que lo ideal es disponer de todo ello: del diagnóstico precoz y de una adecuada cantidad de infraestructuras para el tratamiento de enfermos. Pero nos confundimos si queremos poner el acento de nuestras inversiones en el último tramo del cáncer. Es necesario hacerlo en el primero, incluso antes. La concienciación en escolares, el aprendizaje y la asimilación de esta enfermedad que está llamada a ser la primera causa del mortandad de nuestro mundo desarrollado, cómo convivir con el cáncer y llamar a las cosas por su nombre sin utilizar rodeos y circunloquios. El primer paso en la lucha contra el cáncer es hablar de él y yo, en mi Trópico de Cáncer, pongo mi propia piedra.

miércoles, 1 de febrero de 2012

En mi Trópico de Cáncer

Hace ya más un año y medio, en junio de 2010, me diagnosticaron un colangiocarcinoma (un tumor en las vías biliares) de grado IV (sí, yo también pregunté cuántos grados había en total y resultó que sólo cuatro). El cirujano que me había operado unos días antes me dijo que el pronóstico era aciago: unos tres meses de supervivencia.

Hacía dos meses que permanecía en el hospital sin saber muy bien qué pasaba con mi cuerpo. Nadie me decía qué me ocurría, sólo me hacían más y más pruebas, esperanban resultados y hurgaban en el interior de mi organismo con los más variados artilugios para tratar de averiguar porqué no podía comer y estaba de color amarillento. Al parecer, tres semanas después de ingresar, cuando mi salud había degenerado claramente y las complicaciones se sucedían, le comunicaron a mi familia cuál era la causa de mi malestar y ellos decidieron esperar a contármelo cuando me encontrara mejor, no creían que pudiera soportarlo. Lo hicieron por mi bien pero, echando la vista atrás, no sé si fue un favor o una condena. Mis padres, mi hermano y mi pareja decidieron guardar el secreto de cara a la galería y preservar un estado de falsa seguridad hasta que mi estado general de salud mejorase un poco, ganase fuerzas y encontrasen la mejor manera de decírmelo.

Creo que uno, en realidad, nunca encuentra un buen momento para comentarle a una persona a la que quiere que tiene una enfermedad terminal y que la esperanza de vida es bastante reducida. Tampoco estoy segura de en qué grado yo misma cerré los ojos a una realidad que ahora se me antoja evidente. Las biopsias, las muestras, los análisis, la fiebre, la alimentación parenteral, la preocupación generalizada de los médicos que me visitaban todos los días. Todos los detalles revelaban una parte de una verdad a la que yo me empeñaba en permanecer ciega. Mientras uno no sabe lo que le pasa, todavía puede albergar esperanzas.

Lo cierto es que me intervinieron quirúrgicamente. Para mí, una intervención sin complicaciones, un procedimiento para mejorar mi calidad de vida y coger muestras de cerca para seguir investigando. Para mis allegados, la única oportunidad de saber a ciencia cierta si el tumor era o no resecable (podía extraerse) y si habría posibilidades vitales para mí. Unos días después, como decía al comienzo, el cirujano que estaba al cargo de mi caso esperó a que me encontrara sola en la habitación (sola es un decir, en la Seguridad Social se comparte habitación) para acudir con su ordenador portátil y mostrarme, con el dibujo de un hígado en la pantalla, cuál era mi patología. Recuerdo que el día era soleado, que lloré un poco pero que, fundamentalmente, encontré un poco de descanso después de tantas semanas ingresada sin saber porqué.

Llamé a mi familia. Descubrí que lo sabían todo. Se vieron liberados de toda constricción y por fin se dejaron ir. No entendieron porqué me lo habían dicho cuando estaba sola y quisieron venir a toda prisa. Aquel par de horas que estuve sola, sin visitas, pensando en las posibilidades que me quedaban, me sentí tranquila, sin ataduras ni responsabilidades.

Como cualquiera podrá deducir, mi historia no se acabó a los tres meses de aquella noticia. No se ha acabado aún. De hecho, parece que la situación se ha cronificado y trato de amoldarme a mi nueva vida. Quizá a través de estas líneas consiga encontrar mi lugar. Aunque sea el lugar donde desaparezco.