Últimamente he tenido poca oportunidad para escribir porque hace 8 días que estoy ingresada de nuevo en el hospital. La fiebre subía todos los días un par de veces a más de 39º, los dolores aumentaban y las tiritonas y los escalofríos eran lo más habitual. Así que, después de un fin de semana prácticamente sin poder levantarme de la cama, decidí llamar a mi oncóloga y cargar abnegadamente con lo que me dijera que tenía que hacer, que sería, casi con total seguridad, ir a urgencias.
Poco me equivoqué. Me sacaron sangre en el hospital de día y me hicieron una ecografía preferente, pero después me aparcaron en la sala de agudos a la espera de una cama en planta. Allí, como si aquello fuera un hospital de campaña en plena batalla o un geriátrico repleto de semicadáveres, tuve un pequeño ataque de pánico. Puede que sea poco tolerante pero verme rodeada de ancianos que se lamentaban y respiraban a duras penas con las bocas abiertas y los pómulos hundidos por haberse sacado las dentaduras postizas me aceleró las pulsaciones de tal manera que no podía resistir quedarme "aparcada" en la silla de ruedas en medio de aquel osario. Prefería esperar sentada en un pasillo que rodeada de quejidos que nadie se detenía a escuchar pero que martilleaban en mis oídos como castigos.
La saturación de urgencias no es una excepción, es lo más habitual que te puedes encontrar. Pacientes amontonados en los pasillos, junto al mostrador de enfermería, delante de las puertas de los aseos y, los más afortunados, hacinados en boxes que están pensados para albergar a la mitad de pacientes. Y, mientras tanto, te has de someter al dictámen de médicos, enfermero/as y auxiliares a los que no parece hacerles mucha gracia estar en ese servicio, pero ¿acaso creen que a los enfermos les encanta encontrarse en condiciones infrahumanas que suman a su cuadro de síntomas aún por diagnosticar?
Siempre pienso "no puedo quejarme, a mí no me han tratado del todo mal" pero esta vez no estoy dispuesta a callarme con abnegación simplemente porque las condiciones en las que he sido tratadas han sido aceptables. Me subieron esa misma noche a una planta que, aunque no era la que me correspondía por mi enfermedad oncológica, decían que sí tenía que ver conmigo porque las pruebas que iban a practicarme tenían que ver con el sistema digestivo y los doctores que las ordenaban y realizaban pasaban consulta en esa planta. Aunque pasé poco rato en un box de esos que están llenos muy por encima de su capacidad, tuve la oportunidad de presenciar la escena de una señora que me enfadó solemnemente.
Dicha señora, ya pasada la edad de jubilación en unos cuantos años, se quejaba porque aunque vivía en un barrio cercano al hospital, en su ficha indicaba que ése no era el centro que le correspondía. Lo que ocurría es que la señora, muy pía ella, cuando se encontraba bien (la mayor parte del tiempo) le gustaba pasar el tiempo en su pueblo, motivo por el cual tenía un médico de cabecera y un hospital cercano a ése pueblo en concreto asignados para mayor comodidad. Cuando la señora se notó la respiración costosa decidió que la trataban mejor en el hospital que quedaba cerca de su casa y que además, como seguro que la iban a ingresar, prefería estar allí que quedaba también más a mano para que la visitaran sus hijas. El caso es que la señora no dejaba de quejarse desde el mismo momento en que le dijeron que la iban a trasladar en cuanto estabilizaran su estado porque no podían hospitalizarla en un centro que no era el que le correspondía.
Es curioso cuantísimas energías malgastó aquella mujer (y su hija cuando la dejaron pasar a verla) en explicar que vivía muy cerca pero que estaba empadronada en el pueblo y que su médico de toda la vida estaba aquí mismo. Digo malgastó porque era darse contra un muro, la burocracia en este caso no tiene solución de continuidad pero además me pregunto ¿qué más da? Si uno se encuentra mal como ella explicaba que se encontraba (que no podía respirar, que se ahogaba, que apenas sí podía dar dos pasos) ¿por qué hacer tantos kilómetros y no acudir al hospital más cercano para recibir asistencia? Claro, cuando le preguntaron cuánto tiempo llevaba en la misma situación y contestó que cerca de un mes, me costó reprimir una carcajada; ¿después de un mes su situación es tan crítica como para acudir a urgencias a saturar un servicio lleno de gente irresponsable como ella?
He podido escuchar historias como éstas, algunas ridículas como la de esta señora que no es capaz de hacer un orden de prioridades ni siquiera con su propia salud, algunas dramáticas, otras cómicas, otras lamentables, por la pérdida de la privacidad de hacinar a los pacientes. Y otros habrán escuchado mi historia mil veces porque los pacientes, en estos casos, no es que se conviertan en números, es que se transforman en estorbos que ocupan espacio y recursos. La verdad es que creo que si no queremos perderlo, deberíamos valorar lo que tenemos y pensarnos muy bien antes de acudir a un servicio como el de urgencias. Si no, tendremos lo que nos merecemos y nos convertiremos todos en clientes.
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