Alguien debería explicarnos cómo será nuestra vida, la de los enfermos de cáncer, cuando superes (ojalá) la parte aguda de tu enfermedad, tengas que aprender a convivir con ella y la gente se canse de ti. No se encuentra comprensión ni tolerancia cuando pasa el tiempo, tu situación se cronifica en algo estable con lo que se supone que puedes convivir y el dolor, el agotamiento, la despersonalización se convierten en la tónica habitual. Una vez el cáncer pierde su carácter novedoso, cuando las noticias al respecto son más o menos siempre las mismas, la gente a tu alrededor pierde el interés, ya ni siquiera querrá preguntar porque siempre vas a dar más o menos la misma contestación: bueno, regular, unos días mejor, otros peor.
Y no es del todo cierto, porque cuando la vorágine de la enfermedad pasa es cuando más apoyo necesitas alrededor y cuando menos lo obtienes de tu entorno. Cuando el día a día se hace rutinario aparecen los conflictos profundos que no tuvieron tiempo de aflorar cuando la atención la requerían asuntos mucho más urgentes como pronósticos funestos de muerte, testamentos vitales, tumores que impiden la alimentación, etc. Después, a los meses, incluso a los años, aparecen los problemas realmente graves de compatibilizar la nueva vida con la realidad que subyace en nuestras cabezas que no están enfermas y que se sienten en plena capacidad y funcionalidad. ¿Qué hacer cuándo el dilema es jubilarse antes de tiempo y hay que lidiar con la sensación de inutilidad y desgaste? ¿A quién acudir cuando una tiene un dolor intenso pero no una explicación, sino que hay que achacarlo a la nueva persona en que te has convertido? ¿Quién te va a escuchar con la misma atención cuando por enésima vez recaigas en el lugar común de tu enfermedad y sientas que quien eras ha desaparecido injustamente y sin darte para adaptarte?
Este es mi foro para desahogarme. Porque no me lee nadie y no habrá nadie que intente animarme y convencerme de que la situación mejorará. La situación no mejorará, sólo tengo que aprender a vivir con ella y cuando, como es de esperar, empeore, tendré que adaptarme a las nuevas circunstancias que me traiga. Aquí puedo decir que lo único que le importa a la gente de alrededor es no sufrirlo en sus carnes propias, cosa que es perfectamente lícita, no crean que no lo comprendo, salvo quizá en el caso de los padres y los hijos que estoy segura de que se cambiarían gustosos. Aquí puedo declarar tranquilamente que todos se cansan cuando el cáncer deja de ser una primicia y pasa a ser la crónica de una muerte anunciada que no tiene porqué ser precisamente inminente.
Y no, pese a lo que cualquiera quiera pensar, no soy especialmente pesimista ni negativa. Estoy contenta de haber sobrevivido a las expectativas que me fijaron, de haber desafiado los pronósticos y cada día seguir luchando contra las estadísticas cada día que me despierto, aunque me cueste levantarme de la cama. Pero alcanzar ese equilibrio no me convierte en estúpida, no me enceguece. Porque el mensaje es que esa paz uno nunca la va a encontrar en los demás, está muy bien escondida en el interior de cada uno. Y ninguna quimioterapia o radioterapia, ninguna cirugía consigue extirpar esa capacidad. Sólo hay que luchar para encontrarla porque merece la pena.
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