Estoy de baja en mi trabajo desde que todo este asunto del cáncer comenzó, hace ya más de un año y medio. Me considero profundamente afortunada de haber formado y formar parte de un equipo profesional que valora todos los esfuerzos, que no me presionan ni lo han hecho nunca y que quieren que, por encima de todo, mi bienestar. Esté donde esté. Han permitido que me incorpore a un puesto especialmente adaptado para mí cuando me he encontrado mejor. Y han asumido con elegancia mis recaídas sin echarme en cara ni reprocharme que pudiera estar aprovechándome de la situación. Ahora que mi situación está estable y que me gustaría recuperar parcelas perdidas de mi independencia vital, siguen mostrando una comprensión infinita poniendo a mi disposición los medios y los recursos para volver si quisiera / pudiera hacerlo y en las condiciones más adecuadas para ello.
Claro está que nunca volveré a ser la misma. Aquella se marchó y ya no estará más. La que coordinaba eventos, viajaba dos fines de semana al mes, no le importaba trabajar hasta bien entrada la noche y resistía hasta el límite de sus fuerzas desapareció entre el hospital, la quimioterapia, la morfina y las salas de espera. Ahora adaptarían (crean de la nada, como le gusta decir a mi todavía jefe) un lugar especial para mí, específico para los proyectos que, siendo realistas, podría llevar a buen término sin añadirme estrés vital y tratando de evitar una nueva recaída, como ya sucediera la última vez que lo intenté y abarqué más de lo que era capaz.
Tengo que pensar sobre ello. Volver a la vida normal o quedarme a vivir en este limbo. La alternativa es jubilarme con 30 años. Y aunque todos los que me quieren tratan de convencerme de las bondades de esta opción, yo no acabo de verlo claro. Algo en esa perspectiva me pone muy triste.
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