Mientras veía las noticias a la hora de comer me he enterado de que hoy es, o ha sido ya a estas alturas del día, el Día Mundial contra el Cáncer. La verdad es que no tenía ni idea, supongo que no estoy muy involucrada con este tipo de acciones solidarias y por ello el hecho de que el 4 de febrero haya sido elegido como jornada para la concienciación internacional contra esta enfermedad me fuera ajeno. Como sucede con la "celebración" de otros días mundiales a favor o contra de determinadas causas, los telediarios traen a colación información de interés para el público con datos tales como que de cada 10 tumores que se diagnostican, 4 se originan por agentes externos que podrían controlarse (tabaco, alcohol, etc). Asimismo, explicaban también que el 80% (qué gran porcentaje, he pensado) de los cánceres pediátricos se curan y permiten al menor vivir hasta una edad adulta, o al menos no morir de ése cáncer en concreto. Datos optimistas para no amargar al respetable durante el fin de semana que se intercalaban con las dosis de realidad aportadas por las voces de los expertos en la materia (jefes de servicio, investigadores) sobre la necesidad imperiosa de conseguir más medios económicos para la investigación de nuevos tratamientos, sistemas de prevención, investigación de causas y demás.
Poco más. Unos tres o cuatro minutos de información banal y pasan a otra noticia sin la menor vacilación. Claro, la realidad diaria manda, hay muchas más cosas que requieren atención inmediata. Cosas que afectan a más gente que los 200.000 nuevos enfermos que reciben un diagnóstico de cáncer cada año. A más gente que los que se quedan en el camino pese a la quimioterapia, la radioterapia o las intervenciones quirúrgicas. Dicho todo esto sin el menor rencor. Estar aquejada de esta dolencia no me cubre los ojos ante problemas mucho más acuciantes, graves y extendidos.
Sin embargo, no puedo evitar reflexionar con cierta acritud sobre el hecho de delimitar un día mundial para conmemorar esta enfermedad para acallar la conciencia general y que la vida diaria de la investigación, las consultas médicas y los tratamientos en diversos hospitales de día vayan por caminos totalmente opuestos. Sería mucho más útil que este Día Mundial contra el Cáncer se utilizara para derribar mitos y falsas leyendas sobre los tumores y el cáncer, creencias que hacen más difícil la concienciación de todos sobre algo que nos puede afectar de cerca en cualquier momento.
Todos nos beneficiaríamos más si nos hablaran de lo que realmente puede suponer el cáncer en tu vida, tanto si consigues superar la enfermedad, como si tienes que aprender a vivir con ella cronificada en tu organismo o si sucumbes a ella. Sacaríamos más partido de una explicación clara de que la alimentación y un estilo de vida saludables pueden evitarnos males mayores en el futuro, que tanto el alcohol como el tabaco son maneras de cavar más profunda nuestra propia fosa (y que, personalmente creo, a quien eligiera esa opción vital no debería dársele tratamiento gratuito, pero de eso hablaremos en otra ocasión) o que hay predisposiciones genéticas ante las que tenemos que estar alerta y visitar al médico con más asiduidad para asegurarnos de que esas puertas están bien cerradas.
En el telediario, un jefe de servicio de oncología del Hospital de La Paz (en Madrid) clamaba por fondos para la prevención y la detección precoz de tumores. Sin embargo, a mi madre en la Seguridad Social le han negado la posibilidad de hacerse una mamografía al año pese a que tiene más de 45 años (edad clasificada como de riesgo ya) y a que en su mama derecha hay una pequeña calcificación que, aunque no era motivo de preocupación, le recomendaron vigilarse. ¿A qué diagnóstico temprano se refieren si niegan las pruebas necesarias y que podrían ahorrar desembolsos mayores si, por ejemplo en el caso de mi madre, la calcificación comenzara a aumentar de tamaño y por no hacerle una inofensiva prueba anual, tuviera que someterse a tratamientos más costosos, dolorosos y sin garantía total de éxito?
Soy consciente de que la situación económica del país y de la Seguridad Social no es boyante, pero estoy segura de no ser la única que ve la conveniencia de hacer una serie de pruebas diagnósticas precoces, en vez de invertir en más salas de tratamiento, camas de hospitalización y compuestos químicos u horas de quirófano. Cierto es que lo ideal es disponer de todo ello: del diagnóstico precoz y de una adecuada cantidad de infraestructuras para el tratamiento de enfermos. Pero nos confundimos si queremos poner el acento de nuestras inversiones en el último tramo del cáncer. Es necesario hacerlo en el primero, incluso antes. La concienciación en escolares, el aprendizaje y la asimilación de esta enfermedad que está llamada a ser la primera causa del mortandad de nuestro mundo desarrollado, cómo convivir con el cáncer y llamar a las cosas por su nombre sin utilizar rodeos y circunloquios. El primer paso en la lucha contra el cáncer es hablar de él y yo, en mi Trópico de Cáncer, pongo mi propia piedra.
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