Hace ya más un año y medio, en junio de 2010, me diagnosticaron un colangiocarcinoma (un tumor en las vías biliares) de grado IV (sí, yo también pregunté cuántos grados había en total y resultó que sólo cuatro). El cirujano que me había operado unos días antes me dijo que el pronóstico era aciago: unos tres meses de supervivencia.
Hacía dos meses que permanecía en el hospital sin saber muy bien qué pasaba con mi cuerpo. Nadie me decía qué me ocurría, sólo me hacían más y más pruebas, esperanban resultados y hurgaban en el interior de mi organismo con los más variados artilugios para tratar de averiguar porqué no podía comer y estaba de color amarillento. Al parecer, tres semanas después de ingresar, cuando mi salud había degenerado claramente y las complicaciones se sucedían, le comunicaron a mi familia cuál era la causa de mi malestar y ellos decidieron esperar a contármelo cuando me encontrara mejor, no creían que pudiera soportarlo. Lo hicieron por mi bien pero, echando la vista atrás, no sé si fue un favor o una condena. Mis padres, mi hermano y mi pareja decidieron guardar el secreto de cara a la galería y preservar un estado de falsa seguridad hasta que mi estado general de salud mejorase un poco, ganase fuerzas y encontrasen la mejor manera de decírmelo.
Creo que uno, en realidad, nunca encuentra un buen momento para comentarle a una persona a la que quiere que tiene una enfermedad terminal y que la esperanza de vida es bastante reducida. Tampoco estoy segura de en qué grado yo misma cerré los ojos a una realidad que ahora se me antoja evidente. Las biopsias, las muestras, los análisis, la fiebre, la alimentación parenteral, la preocupación generalizada de los médicos que me visitaban todos los días. Todos los detalles revelaban una parte de una verdad a la que yo me empeñaba en permanecer ciega. Mientras uno no sabe lo que le pasa, todavía puede albergar esperanzas.
Lo cierto es que me intervinieron quirúrgicamente. Para mí, una intervención sin complicaciones, un procedimiento para mejorar mi calidad de vida y coger muestras de cerca para seguir investigando. Para mis allegados, la única oportunidad de saber a ciencia cierta si el tumor era o no resecable (podía extraerse) y si habría posibilidades vitales para mí. Unos días después, como decía al comienzo, el cirujano que estaba al cargo de mi caso esperó a que me encontrara sola en la habitación (sola es un decir, en la Seguridad Social se comparte habitación) para acudir con su ordenador portátil y mostrarme, con el dibujo de un hígado en la pantalla, cuál era mi patología. Recuerdo que el día era soleado, que lloré un poco pero que, fundamentalmente, encontré un poco de descanso después de tantas semanas ingresada sin saber porqué.
Llamé a mi familia. Descubrí que lo sabían todo. Se vieron liberados de toda constricción y por fin se dejaron ir. No entendieron porqué me lo habían dicho cuando estaba sola y quisieron venir a toda prisa. Aquel par de horas que estuve sola, sin visitas, pensando en las posibilidades que me quedaban, me sentí tranquila, sin ataduras ni responsabilidades.
Como cualquiera podrá deducir, mi historia no se acabó a los tres meses de aquella noticia. No se ha acabado aún. De hecho, parece que la situación se ha cronificado y trato de amoldarme a mi nueva vida. Quizá a través de estas líneas consiga encontrar mi lugar. Aunque sea el lugar donde desaparezco.
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